Algunos apuntes importantes para tener en cuenta: la palabra sacerdote se compone de sacer y dote “sacrum y dotado” que significa el que tiene el don de ofrecer el sacrificio o el que ofrece lo que se tiene que sacrificar, lo que se sacrifica a Dios.
La palabra hebrea para sacerdote es “kohen” y para Sumo Sacerdote “Kohen HaGadol”, equivalente en griego Bíblico con “Archiereus”, de arc e hiereus, que viene de hieros, santo, sagrado, apartado.
En su origen era la parte del animal de la procreación, de la vida y del alma. Tiene connotación de intimidad con Dios, ningún otro personaje puede venir a la presencia de Dios sino el sacerdote (Éxodo 26:31-35; Levítico 16).
En Cristo todos somos sacerdotes porque a través de Jesucristo tenemos entrada al corazón del Padre (Hebreos 10:19-20). Además el que tiene el don o que dota es también el padre de la novia que aporta la dote al sagrado matrimonio, símbolo de la Boda del Cordero en la que, nosotros, la Iglesia se casa con el Hijo de Dios para reinar por la eternidad.
Este sacrificio sería de continuo e inútil, pues no cambia a la persona. Jesucristo se ofrece a sí mismo como sacrificio por nosotros para reconciliarnos, para inter-ceder entre nosotros y el Padre y recibirnos en Su Corazón, si le amamos.
El sacerdocio de Cristo sí cambia a las personas porque hace que entre Su Espíritu, de Dios, en ellas, cuando le recibimos, y de una vez para siempre ha cumplido el sacrificio eterno, siendo el Autor de la vida y dando Su vida y volviéndola a tomar. Jesús es el Sacerdote por excelencia, el Maestro de las almas de los hombres y mujeres que han sido hechos en espíritu a la semejanza de Él.
Que ellos a quienes ha llamado amigos, vivan generosamente esa gracia. Llénalos de tu vida para que la puedan dar a tus ovejas. Protégelos en las tentaciones que se les presenten para herirlos y dispersar así al rebaño.
Para saber: “Esta festividad de origen española, obtuvo aprobación de la Santa Sede en 1971. Fue incluida en el calendario litúrgico en 1974, y desde 1996 se incorporaron textos propios en la liturgia de las horas, enviados desde Madrid por el Papa Juan Pablo II, en conmemoración de sus Bodas de Oro sacerdotales”
El sacerdote nos introduce en la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su obra, desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. El exhorta a la asamblea de los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de la cruz, que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de su consumación definitiva. Por eso el ministerio del sacerdote no se puede limitar a la celebración de un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de acuerdo con todo el orden sacramental.
Pero no sería fiel a la tradición quien pretendiera defender que las funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental y cultual. También es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor llama a su sangre "sangre de la alianza", lo pone de manifiesto, pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de Dios a los hombres.
Cuando Jesús declara: "Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva" (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene también el sentido de una proclamación de la palabra de Dios. El ministerio de ofrecer la eucaristía ratifica y complementa simplemente una proclamación de la palabra, que va desde el kerigma inicial hasta la catequesis y la misma celebración litúrgica. Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las funciones esenciales del sacerdote.
Sin embargo, dentro del presbiterio dichas funciones pueden estar distribuidas distintamente, según que unos se dediquen más a tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de la comunidad reunida (Mysterium Salutis). Predicar y enseñar, de otra manera, ¿cómo podrán hacer y administrar los sacramentos con provecho y eficacia salvadores?
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